Hace unos días me invitaron a una conferencia de una monja alemana sobre el castigo. El auditorio, compuesto en su mayoría por padres con hijos pequeños, aguardaba expectante. Es un tema tan importante. Por fin, la conferenciante inició el discurso: «Educar es amar…», y durante cerca de treinta minutos aquella buena mujer nos habló del amor.
Posiblemente, la mayoría de nosotros esperábamos las recetas del buen castigo, cuándo se debe castigar o la terapia para una edad que casi siempre se nos hace muy difícil. Pero creo que pocos, muy pocos, podíamos imaginar que el eje de todas aquellas palabras podía ser el amor.
«Mirad —nos decía—, durante algunos años he estado atendiendo a presos de las cárceles de varios países. Mi objetivo era tratar de darles un poco de cariño a esas pobres personas. Contemplé, entonces, con horror, que la mayoría de aquellos marginados soportaban mejor las penalidades de la cárcel que el sentimiento de verse abandonados por sus familiares».
Así, nuestra buena conferenciante quería convencernos de que el castigo, como el resto de los elementos de la educación, no puede ser entendido más que desde la perspectiva del amor.
«Educar es amor y ejemplo», siguió diciendo. En ese maravilloso juego de acompañar a nuestros hijos a conocer la realidad, no podemos perder de vista que ellos harán lo que nos vean hacer. Las palabras, como mucho, las comprenderán, pero no siempre. El ejemplo les removerá y se convertirá en una pauta de actuación que tendrán siempre presente. El educador se convierte así en el hombre de los trabajos pequeños, porque todos los detalles hay que cuidarlos. El niño los aprende todos con inquebrantable precisión sin distinguir los grandes de los chicos, los esenciales de los urgentes. Los aprende porque los ve en quienes quiere.
«Amor, porque solo quien ama puede llegar al alma del otro». Solo quien ama tiene el derecho —un derecho que da vértigo— de colaborar en moldear lo más querido que tenemos cada uno de nosotros.
«El amor es para la educación como el sol y el agua para las plantas». Es entre sus pliegues donde las cosas pueden fructificar, donde la semilla rompe, nace y crece fuerte. Es el aire que hace vivir, que alienta todas las cosas, y así, «donde reina el amor mutuo, reinará la confianza, y donde hay confianza, hay seguridad». Cuando un niño no encuentra esa seguridad y esa confianza, descubre «el miedo», un miedo que le quedará siempre.
Tal vez por eso, solo donde reina el amor y la confianza, el castigo es eficaz.
Si no lo entendemos así, si en el fondo pensamos que educar a esta o a cualquier otra edad es solo «una carga», descubriremos que, con el tiempo, «nosotros también nos convertiremos en una carga para nuestros hijos».
El castigo es el último recurso de un padre que es consciente de que no es capaz de educar a su hijo de otro modo.
¿CUÁNDO DEBEMOS CASTIGAR?
¿Cuando el niño es desobediente? Pero ¿cuándo son los niños desobedientes? ¿No puede ser que los padres muchas veces seamos los que provocamos esas desobediencias?
- Cuando vestimos a un niño de punta en blanco para jugar en la arena del parque y se ensucia, nos enfadamos.
- Cuando le damos caramelos entre horas y luego no se quiere comer el filete, nos enfadamos.
- Cuando nos ve que dejamos nuestra ropa en el suelo y él deja desordenado el cuarto, nos enfadamos.
Los niños hacen las cosas de los niños porque son niños. Si no, serían pilotos, abogados del Estado o catedráticos. Ahora tan solo son niños doblegados al cien por cien a sus padres. Somos nosotros, y no ellos, los que tenemos que prever las consecuencias de sus acciones y aprovecharlas para acompañarles a conocer una realidad que se les va imponiendo.
«Gracias a Dios, no hay padres perfectos ni educadores perfectos». Nosotros también nos equivocamos, como se equivocan ellos. Pero esas equivocaciones son las que nos tienen que llevar a que ellos y nosotros nos comprendamos mejor; en aprovechar esos errores radica el auténtico éxito de su educación.
REGLAS PARA UN BUEN CASTIGO
- Pocas prohibiciones, pero claras: Una casa no puede ser ni un cuartel ni una anarquía. ¿Cuántas veces escucha un niño al día «no hagas eso», «no toques eso», «quítate de ahí», «estate quieto»? Si a nosotros nos lo hicieran un solo día, nos volveríamos locos. Con tanto «no», formamos niños nerviosos e inseguros que terminarán por tener una voluntad quebrantada o por ser más agresivos. Tenemos que formular las prohibiciones en sentido positivo. El niño necesita tener libertad. Una libertad que está limitada y que, conforme pasa el tiempo, se irá extendiendo más. Cuando se tienen dos años, la inquietud por aprenderlo todo, por verlo o tocarlo todo, es la constante en la vida del niño. Lo que habrá que hacer es dirigir todo ese potencial hacia motivaciones positivas y, cuando no sea posible, distraerle con otras cosas. Recordar nuestra propia infancia nos puede ayudar a comprender mejor a nuestros hijos.
- Aprender a no verlo todo: Los padres tenemos que acostumbrarnos a verlo todo y, al mismo tiempo, a no verlo todo. Muchas veces habrá que cerrar un ojo, y otras incluso los dos. Les veremos marcharse con la comida, romper un jarrón o cogerle el juguete al hermano pequeño. Unas veces habrá que intervenir con seguridad, con firmeza, para que nuestro hijo aprenda que nuestro sí es sí, y que nuestro no es no. Otras veces —no podemos estar castigando todo el día— tendremos que tratar de distraer su atención o, simplemente, pasarlo por alto. Ellos irán comprendiendo poco a poco que no todo se puede hacer.
- Firmeza sin negociación: Cuando prohibimos algo, debemos mantenernos firmes aunque nos cueste. No es inflexibilidad, sino perseverancia. El niño aprenderá de este modo que las cosas no se pueden negociar. Demasiadas armas tiene él para una negociación.
- Dejar actuar a los castigos naturales: Los castigos naturales son la consecuencia propia de un acto malo. Si el niño se quema, o se corta con unas tijeras, no podemos encima castigarle. Ya tiene su castigo natural y, curiosamente, casi todas las desobediencias lo tienen.
- Construir puentes tras el castigo: Después de cada castigo, debemos siempre construir puentes entre nosotros y el niño. Hay que dejarle una puerta de salida, pues, de lo contrario, el niño se ofuscará más: «te perdono y lo olvido». El perdón es casi el acto sagrado de la educación. Libera a la persona y le hace sentir un alivio que no se puede comparar con nada. El niño necesita nuestro perdón y nuestro cariño. Por la noche, antes de acostarnos, debemos hacer las paces. No podemos permitir que esa angustia en el niño permanezca mucho tiempo. Podrá dormir, pero en su subconsciente seguirá sufriendo. No debemos estar mucho tiempo enfadados con nuestros hijos.
- Diferenciar entre la persona y el hecho: «Otra vez tú. Siempre eres tú. Ya me tienes harta…», y descargamos sobre el niño toda nuestra ira por algo que, a lo mejor, era una tontería. El niño no recuerda las cosas anteriores que ha hecho mal, ni establece relaciones entre ellas como hacemos nosotros. Cada cosa tendrá su castigo. Un castigo que no tiene que ser siempre proporcionado a la gravedad de la ofensa, sino el apropiado al momento y al estado del niño. No podemos tomar revanchas ni castigar en función de nuestro estado de ánimo. El niño no entenderá más que órdenes equivocadas. ¿Por qué será que cuando estamos de buen humor apenas castigamos?
- Quererlos más: Después de un castigo, debemos querer más a nuestros hijos.
LO QUE NUNCA HAREMOS
- Pegar al niño de modo constante o fuerte, ni darle un puntapié: eso va contra la dignidad de cualquier persona.
- Encerrarle en la oscuridad y con la puerta cerrada: le crearemos un pánico a la oscuridad que no se le irá nunca, y asociaremos su cuarto con los castigos.
- Castigarle a irse a la cama, pues no conseguiremos nunca que asuma irse a dormir como algo agradable.
- Amenazar con que viene el «coco»: en el fondo, es una señal de nuestra impotencia para educar a nuestro hijo, demostrando que necesitamos la ayuda de un ser imaginario para poder imponernos. Le creamos al niño imágenes que luego le cuesta mucho superar.
- Castigar haciendo que un niño escriba cien o mil veces una frase, pues lo único que conseguimos es que asocie negativamente el estudio.
- Decirle nunca a un niño «no te quiero». Es la mayor crueldad que puede cometer un padre.
