El hombre es un ser que va a morir y que lo sabe, por mucho que se empeñe en no pensarlo, en no tener conciencia de ese hecho.

Es la única certeza de nuestra vida y, al mismo tiempo, su paradoja, porque estamos hechos para la vida, pero experimentamos la muerte. Unos y otros, enfermos y sanos, creyentes y no creyentes: nada ni nadie se sustrae a esa realidad.

Nacemos, vivimos y, un día —nadie sabe cuándo—, moriremos. Ese hecho es el que provoca en nosotros las grandes preguntas, esas que tardamos una vida en contestar.

Mueren los reyes y los poderosos, como mueren los pobres y aquellos cuya vida nadie conoció; los sabios y los ricos, como mueren los inocentes. La muerte todo lo iguala en un instante supremo que da la luz exacta para que aparezca el color de cada una de las cosas que hemos hecho en nuestra vida.

Lo que es, es; lo que ha sido, ha sido. La verdad es la única realidad, sin ropaje ni artificio, ni explicaciones o recursos.

Para vivir no es necesario pensar que vas a morir, o tal vez sí. Depende de la respuesta que queramos dar a la más humana de las preguntas: y después, ¿qué?

Unos escogerán que ahí termina todo, que todo acaba, que solo somos una chispa que, igual que se encendió, se apaga. Pero para otros muchos que sentimos que nuestra alma tiene sed de infinitud, para quienes soñamos que queremos ser eternos, no: la muerte no es el final, sino la puerta de entrada a un principio que no tiene fin y cuyo solo pensamiento produce vértigo, un vértigo que no podemos ni imaginar.

El hombre es un misterio que solo tiene dos opciones: o el suicidio de quienes creen que todo termina, o la plenitud de quienes creen que comienza. Y, a la luz de esa decisión, unos y otros vivimos de una manera.

Vivir para vivir, tratando de prolongar cada instante de una existencia siempre fugaz, de la voracidad de nuestros anhelos y deseos, pasiones y sufrimientos, mientras el contador de un reloj imparable devora unos minutos que no volverán.

Vivir para morir, dándolo todo en un abandono que todo lo consume hacia un instante final.

El misterio del hombre es el dilema entre vivir para morir o morir para vivir.

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