Todos hemos oído hablar de Hendel y de su gran obra: “El Mesías”.

Lo que tal vez no todos sabemos es que lo compuso al final de su vida, después de superar un infarto cerebral que prácticamente lo dejó paralizado. Lo superó con una fuerza de voluntad descomunal que mantuvo toda su vida.

Habiendo superado el infarto cerebral, le llego aún otra parálisis: la del desanimo, la las deudas, la del cansancio, la de considerarse incapaz de crear nada. Una parálisis que llevó a sus más cercanos a considerar que eran sus últimos momentos.

De repente una noche, le bastó leer las primeras palabras de un libreto que le habían hecho llegar para darse cuenta de aquella era la obra suprema de su vida, algo que escribió en tan solo 3 semanas, algo inconcebible aún hoy.

“El Mesías” es, sin duda, una de las obras maestras de la música clásica por la que Haendel no quiso percibir un solo penique. Lo donó todo a obras de beneficencia pese a estar acuciado por las deudas. Tenía muy claro que aquello no era suyo sino un regalo que le habían hecho.

Es curioso observar que la mayoría de las grandes figuras que han hecho una aportación a la humanidad, siempre reconocen que aquello no es de ellos: es de Dios. También por eso son grandes.

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