Ocurrió ayer. Un hombre muy anciano se acercó a una mesa donde un grupo de jóvenes compartía unas tapas. Era marroquí y apenas se lograba entender el poco español que hablaba; solo pedía algo para poder comer.
Uno de ellos, que era seminarista, se dirigió a él: —No tengo dinero en efectivo, pero si quieres, te compro un bocadillo. —Sí, por favor.
Juntos se acercaron a la barra. Mientras esperaban a que se lo prepararan, la conversación se hizo más íntima. —¿Cómo estás? —Mal. Duermo en la calle, mi familia me ha abandonado, nadie me quiere, nadie paga. —¿Nadie paga? —preguntó el joven, sorprendido. —Nadie paga, nadie me paga. Nadie me da nada. Solo tú me das un bocadillo. —¿Y Dios? —le preguntó el joven seminarista. —Dios sí paga. Ese sí paga, siempre paga. —Qué grande… Veo que confías en Dios. —Dios paga, Dios sí paga.
—No sé si nos volveremos a ver —dijo el joven cuando les entregaron el bocadillo. —No, no nos volveremos a ver. —Bueno, sí. Nos veremos en el cielo. Allí sí. —Sí —repitió el anciano, cerrando unos ojos cansados que apenas eran capaces de mantenerse abiertos. —Nos veremos en el cielo, y tú estarás por delante de mí. —Sí —repitió el viejo, plenamente convencido.
Algo me dice que, cuando esos dos titanes se encuentren allí, irán muy por delante de todos nosotros. Para el mundo, la pobreza, la injusticia y el dolor son solo eso: injusticias. Pero para Dios hay otra medida, otra justicia… y Él siempre paga.
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DIOS SI PAGA
